El hecho de que los seres vivos sean capaces de vivir
en los ambientes más extremos es realmente sorprendente. Por eso todos
los estudios sobre las estrategias de supervivencia en estos hábitats resultan tan interesantes. Sirva como ejemplo un trabajo reciente, que explica cómo son capaces las ranas de bosque (Lithobates sylvaticus) de sobrevivir a los duros inviernos de Alaska, en plena zona ártica: pasan congeladas el invierno.
Si lo pensamos bien, es justo la estrategia contraria a
la que siguen el resto de animales. Desde los osos a gran parte de las
especies de insectos de esta región entran en un proceso de hibernación
precisamente para evitar congelarse. En cambio, las ranas de bosque
evitan luchar contra esta situación y se aprovechan de ella. Cuando las temperaturas se encuentran entre los nueve y los 18 grados bajo cero, resulta más inteligente dejarse llevar.
El
problema al que se enfrentan estos anfibios no es congelarse. Esa
sería, digamos, la parte fácil. Lo realmente complicado es generar mecanismos que permitan sobrevivir a la descongelación.
Es decir, que durante la fase que pasan congelados no mueran, que
puedan salir de este estado y recuperar la funcionalidad biológica.
Para lograr esto, lo que hacen es acumular una gran cantidad de glucosa dentro de sus células. Gracias a esta concentración de azúcares los tejidos no se rompen al congelarse. Así cuando aumentan las temperaturas están preparados para volver a la vida.
Todo
esto puede parecer muy sencillo de decir, pero no tanto el hacerlo.
Pero para esto las ranas también han encontrado una solución. Las
temperaturas no caen bruscamente, lo van haciendo poco a poco. Y cuando
el invierno empieza a mostrarse, las ranas inician el proceso de acumular azúcares en sus tejidos.
Lo
que hacen es dejarse congelar para después descongelarse. En lugar de
buscar refugio en un lugar donde las temperaturas sean más suaves, con
la llegada de las primeras heladas buscan lugares muy fríos.
Estos ciclos de congelado/descongelado activan los procesos de
acumulación de glucosa en los tejidos. Cuando llega la parte más cruda
del invierno ya tienen en las células concentraciones diez veces superiores a la normal de azúcares. Y ya están preparadas para pasar congeladas varios meses.
Los
autores del trabajo llegaron a estas conclusiones gracias a una serie
de estudios de campo. Pero no se quedaron ahí. Querían demostrar que la supervivencia de las ranas mejoraba con
los ciclos de congelado/descongelado. Así que diseñaron un experimento
en laboratorio: un grupo de ranas pasó por los ciclos normales antes de
simular el invierno – congelarlas durante meses -, otras fueron
congeladas directamente, y las últimas no fueron congeladas en ningún
momento.
Los resultados no pudieron ser más claros. Las ranas a las que se permitió seguir su ciclo natural sobrevivieron mucho mejor – cerca del 100% de las ranas llegaron al invierno siguiente – mientras que en los otros dos casos muchas murieron en el proceso.
Ahora la pregunta que se hacen estos investigadores es qué ocurre con la microbiota – los microorganismos que viven en el interior de las ranas – y con los parásitos de esta especie durante la fase que pasan congelados.

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